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17/03/2009

En democracia se requieren acuerdos



Entrevista a la Vicejefe de Gobierno Gabriela Michetti

Gabriela Michetti cultiva lo que tiene como don: naturalidad para comunicar, sencillez y esa facilidad de que le crean lo que dice. La vicejefa de Gobierno de la Ciudad, dejó atrás lo de promesa de la política, para llevar adelante el rol de representante de nuevos dirigentes. Todavía no sabemos qué tienen ellos como sello propio para ser recordados en la historia. Pero hoy son la transición. No cambió su estilo desenfadado, sustentado en el conocimiento, medio campero y con algún dejo porteño que tenía al comienzo de su participación política.

Se acuerda qué estaba haciendo hace 25 años, el día en que se restableció la democracia?
No. Me acuerdo que estaba en primer año de la facultad, en Buenos Aires. Por la fecha, probablemente estaba rindiendo exámenes. Había venido a estudiar Ciencias Políticas a principios del ’83. No me acuerdo del día de la asunción de Raúl Alfonsín. Me acuerdo más de la campaña porque la seguí mucho por estar vinculada a la cosa de la política con la carrera que estaba siguiendo. Me acuerdo perfecto de los actos de cierre de la 9 de julio.

¿Qué siente que ha aprendido en estos 25 años de democracia y en el año que lleva en la gestión?
Este año en el gobierno porteño viene a completar lo que aprendí como legisladora. Siento que he completado una especie de círculo en la tarea pública porque trabajé en la gestión técnica en el Estado, después fui legisladora con lo que supone, además, haber sido presidenta de bloque, y ahora tengo una función ejecutiva con un rol de autoridad política. El aprendizaje más fuerte es que la tarea de acordar es muy necesaria todo el tiempo, que en democracia se requieren acuerdos y que los acuerdos son muy trabajosos.

¿Qué pensaba de la democracia en 1983 y qué piensa ahora?
Al principio se la veía con la expectativa de una gran esperanza en términos de libertades y de posibilidades de expansión personal y social; había como una especie de renacer. Hoy uno tiene mucha más conciencia de que hay cosas que se hicieron bien, lo más importante es que la democracia no tuvo interrupciones, pero también uno es mucho más conciente de las cosas que nos faltan hacer. Una de esas cosas es justamente la necesidad de ponernos de acuerdo y la dificultad que tenemos los argentinos para lograrlo.

¿Llegó a alguna conclusión acerca del motivo por el cual a los argentinos nos cuesta lograr acuerdos?
No y lo he pensado mil veces como cientista política que soy. Hay muchas variables en juego que hacen muy difícil saber la razón, pero lo cierto es que el diagnóstico de que somos muy buenos individualmente y muy deficientes en términos de capital social se hace acá y en todos lados. Ese es el gran debe de la democracia y me parece que nuestras generaciones, la mía de los 40 años y la que viene atrás, la de Marcos Peña, que es diez años más chico, tienen la ventaja de no estar tan marcadas por las diferenciaciones tan fuertes del pasado. Empieza a haber en nuestra tarea política una lucecita de esperanza de que se pueda acordar más fácil.

¿A qué personajes argentinos rescata por su trayectoria?
San Martín y Belgrano son indiscutibles en la conformación de nuestra identidad. También saco cosas muy positivas de Sarmiento, Juan Bautista Alberdi y Mariano Moreno. En una época más reciente, me parecen tipos muy respetables Arturo Frondizi y mi tío abuelo segundo Arturo Illia.

¿Evita?
Creo que tiene un ascendente muy importante en la sociedad, pero sería falsa si reconozco a Perón y Evita como referentes míos. Respeto también a Alfonsín, sobre todo en sus primeros dos años porque dio una pelea muy importante por reconstituir la lógica democrática y los valores de la justicia.

¿Cómo es el parentesco suyo con Illia?
Mi abuelo José era primo de él; mi mamá es Illia y su papá era primo de Arturo.

¿Por qué no se sumó al radicalismo?
Nunca tuve identificación con un partido político en la Argentina, hubiera tenido identificación con una Democracia Cristiana. Acá los partidos son más movimientistas que identificados con una ideología en particular y hay una cosa muy cargada de historia de que el radicalismo es mucho más republicano e institucionalista pero que no puede gobernar y de que el peronismo puede gobernar pero no respeta las reglas.

¿Qué registro tiene de la incorporación de la mujer a la política?
Cuanta mayor representación real de sociedad hay en los cargos de decisión es buenísimo. La sociedad está constituida por un 50 y 50 y cuantas más mujeres haya en la política, mejor. Hay que decir, de todos modos, que el hecho de que determinadas mujeres estén en la política no necesariamente implica un cambio para mejor. Muchas mujeres debieron masculinizarse mucho para entrar en la política.

¿Le pasó eso a usted?
No. Reconozco que soy privilegiada porque arranqué con una historia de mujeres que la pelearon mucho más fuerte que yo.

¿Qué le aporta la mujer a la política?
Yo siempre le pongo a algunos condimentos que con el tiempo tal vez tenga que revisar, pero creo que la mujer puede ponerse más fácilmente en el lugar del otro y tiene menos problemas para acordar con los demás; también me da la impresión de que a nosotras nos es más fácil la cuestión del largo plazo y jugar sin tanta ansiedad sobre la coyuntura y la disputa del espacio.

¿Le generó mayores expectativas en ese sentido la llegada de Cristina Fernández a la Presidencia?
Sí porque, además, ella marcó mucho en sus discursos que iba a generar un salto cualitativo en lo institucional. Lo institucional tiene dimensión temporal; son reglas de juego para un sistema de largo plazo. Yo tenía muchas expectativas porque, además, el país tenía condiciones económicas favorables para pegar ese salto. Creo que se quedó enredada en el microclima del peronismo y del ex presidente muy metido en su gestión.

¿Se proyecta dentro de 25 años?
Ahora que estoy haciendo terapia empiezo a pensar un poco en mí, pero no soy de proyectar mi carrera y, de hecho, nunca me imaginé en el lugar que hoy estoy por más que siempre ejercí la vocación política trabajando en el Estado y en la militancia en la Iglesia. Reconozco que llegué adonde estoy porque he trabajado mucho, porque tengo padres que han enseñado que había que esforzarse y esforzarse, pero también he tenido mucha suerte.

¿Qué toques de suerte ha tenido?
Por ejemplo, haber trabajado con Félix Peña y conocer la fundación Creer y Crecer porque su hijo Marcos era amigo mío, me dio la posibilidad de sumarme a este proyecto cuando se empezaba a gestar; fue un golpe de suerte porque pude ser protagonista de este espacio casi desde el comienzo. ¿A cuántos políticos de años, que jamás llegan a formar parte de una lista de diputados, les hubiera gustado tener esa posibilidad? Hay gente que la pelea muchísimo, que es muy valiosa, que no ha tenido esa suerte.

¿Qué sintió cuando cayó en la cuenta de que iba a ser vicejefe de gobierno?
Soy un tanto inconciente y negadora. Probablemente por un mecanismo de defensa, no pongo tanto el acento en la cuestión de los lugares que ocupo. Lo tomé como una muy buena oportunidad y lo asumí con una sensación de gratitud, ya que al estar en un lugar con poder es posible tomar decisiones que pueden transformar. Obviamente, también tuve varias noches sin dormir, cargadas de tensión por la responsabilidad que implica la vicejefatura de gobierno.

¿Qué comenta su hijo de la política?
No está posicionado en ninguna línea política, sino que está en una etapa en que se pregunta y cuestiona mucho. Es crítico del Gobierno nacional y no le gusta. Dos por tres me dice también que está en desacuerdo con cosas que hacemos nosotros y me pregunta si pienso que el Estado tiene que ser más chico y no tiene que regular la vida de la gente. Está en un plano más teórico y como investigándome en mi posicionamiento. Está buscando su identidad.

¿Qué le dicen los amigos de su hijo?
Nada, es fantástico, lo toman con una naturalidad absoluta. Mi hijo está en tercer año y va al Colegio Nacional Buenos Aires, donde los chicos tienen mucho interés en la política, y tenemos una muy buena relación. Conversamos, los cargo; tienen una banda de rock, se juntan a tocar en casa y cuando me canso de estar escuchándolos, voy y les digo que soy su gobernanta y que se queden callados.

¿Qué diferencias percibe entre la forma en que usted se vinculaba con sus padres y como se vincula ahora con su hijo?
Muchas. Mis padres fueron muy presentes y afectivos, pero muy, muy exigentes con nosotros. Tuvimos una linda educación, pero en mi concepción actual creo que se pasaron un poco de rosca con la exigencia, aunque uno sabe si en el fondo no es lo que nos dio la fortaleza que tenemos los tres, mi hermano de 39, mi hermana de 41 y yo, para ser súper aguerridos y voluntariosos. Con Lautaro, con un esfuerzo brutal de mi parte porque me nace ser exigente, trato de no serlo tanto. De hecho, fue el mejor alumno de la primaria con un nivel de autoexigencia brutal y entró al Buenos Aires. En primero y segundo no se llevó ninguna materia. Este año me dijo que le parecía que matemática se la llevaba y no puedo explicar con qué esfuerzo le dije que si le parecía que no llegaba, estaba bien. Trato de hacer un esfuerzo para que sea menos autoexigente que yo y le doy más libertades de las que nos daban a nosotros papá y mamá.

¿Al final se llevó matemática?
Se llevó matemática, física y química. Empezó a estudiarlas ni bien terminó el colegio y dijo que había sido un tonto en llevárselas porque son fáciles; no son las materias que más le gustan porque es humanista a morir.

¿Qué es lo que usted más valora?
Haber tenido una familia muy sólida, con padres súper presentes que nos dieron mucha seguridad y muchos recursos para desarrollarnos; también valoro el haber crecido en una comunidad chica, como era Laprida, porque eso genera mucha más confianza en el otro y uno crece más sano, no hay diferencias, todos van al mismo colegio, son todos más o menos iguales.

¿Cuál es hoy su vinculación con Laprida?
Me gustaría que fuera más asidua y habitual de lo que es, pero Laprida está lejos, a 500 kilómetros, y no es un pueblo al que uno pueda ir todos los fines de semana. Tengo muy buen vínculo con mis amigos del secundario; cuando nos vemos estamos otra vez con 17 años y como si nos hubiéramos visto ayer. Dos por tres me llaman y con ellos no existe la vicejefatura de gobierno, ni la política ni nada.

¿Cómo se lleva con la tecnología?
Normal. Me gusta, me atrae, pero no soy una obsesiva de tener lo último. Uso la tecnología de un modo pragmático, sólo para lo que me sirve.

¿Está todo el día con la política?
Y sí, la verdad que casi todo el día. A veces me pregunto si está bien, pero no puedo disociar. Me parece que cuando uno vive la política realmente como vocación es difícil disociarla del resto de la vida porque es parte de tu ser. Es complicado porque uno debería desconectarse.

¿Qué hace los fines de semana?
Hace poco, por ejemplo, fui con mi hijo y su novia, acaba de ponerse de novio, a ver a Serrat. Fue increíble, pensé que los chicos me iban a sacar corriendo mal, pero se súper engancharon y lo pasaron fantástico. Siempre tengo la sensación de que podría aprovechar más el circuito cultural como lo hice en una época, pero el cansancio y la necesidad de silencio y meterme un poco para adentro, me hace quedarme en casa.

¿El hecho de ser conocida la limita en cuanto a sus salidas?
Me estoy dando cuenta de que inconcientemente me estoy limitando porque cada vez me meto más adentro.

¿Cómo lleva su flamante papel de suegra?
Súper bien porque Lautaro está bárbaro, le cambió el humor, y me encanta su novia.

¿Se hizo amigos en la política?
Sí, sí. Eso de que en la política no se pueden hacer amigos es un disparate.
 

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