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13/04/2010

Siempre me empuja el hecho de querer cambiar las cosas



Entrevista el diputado Sergio Abrevaya

Para Sergio Abrevaya el radicalismo ha sido su cuna, mas allá de su condición actual, es el vicepresidente tercero de la Legislatura porteña en representación de la Coalición Cívica. Abrevaya tiene el estilo expansivo del militante que comenzó joven en lides grandes. Apoyó a Raúl Alfonsín pero pronto se enfrentó con la Coordinadora Nacional. Hizo camino con el actual ministro de Cultura de Macri, Hernán Lombardi y hoy es un cuadro de Elisa Carrió con visión propia.

¿Cuándo empezó su relación con la política?
Ni bien salí del colegio, en la dictadura. Terminé el secundario y quise militar enseguida. Siempre me gustó y sabía del tema de los desaparecidos y eso porque era muy amigo de Robert Cox, el editor del Buenos Aires Herald. Además, mi abuelo había sido portuario, había sido yrigoyenista. Me metí en política en el ’82.

¿En el colegio tenía ya algún contacto con la política? ¿A qué colegio fue?
No, todo lo contrario. Fui al San Andrés.

¿Qué recuerda del ’82? Fue el año de la marcha de la multipartidaria, de las Malvinas.
Me acuerdo que esa marcha, la del 16 de diciembre, fue mi primera marcha. Recuerdo que salimos de la plaza corriendo por los gases que nos tiraron. Me acuerdo que corrimos por Alem y que me había tocado llevar los palos. Militaba en la facultad, en Económicas, donde hice dos años. Me acuerdo que me impresionó ver cómo devolvían las granadas de gas con las manos.

Contaba de su abuelo.
Sí, mi abuelo materno. Cuando lo conocí ya no militaba, pero hablaba de Yrigoyen. En mi casa, recuerdo que mis viejos hablaban de política, pero no militaban. Yo tenía ganas y me puse a militar en el radicalismo.

Pesó el antecedente del abuelo…
Sí, para mí el radicalismo era lo natural. De hecho, mi vieja contaba que dos o cuatro años había acompañado a mí abuelo a actos a los que había ido Balbín. Se ve que a esa altura ya era un outsider; había estado más en la cosa cuando Yrigoyen fue presidente.

¿En qué momento percibió que la política era algo serio en su vida?
Enseguida de que empecé a militar. Volantear en Económicas en la época de la dictadura era complicado; había que tirar y salir corriendo y si hacías una reunión estabas infiltrado. Cuando entré a militar todavía no se había producido el fenómeno de Alfonsín en Castro Barros; éramos poquitos, lo que quedaba de la vieja guarda de los ’70 y uno o dos que se habían agregado. Hacer todo eso ya me daba la sensación de que me gustaba demasiado. A fines del ’82 caí en cana junto a tres o cuatro, entre ellos Andrés Delich.

¿Por qué?
Nos engancharon pintando en  lo que antes era el estacionamiento del Instituto del Diagnóstico, en Larrea y Charcas. Estuvimos toda la noche y nos sacó Juan de Biase, porque el hijo militaba con nosotros. Me acuerdo que salimos y nos fuimos directo a una reunión política. Obviamente ya no era lo mismo que antes, pero era toda una experiencia. Ya en el ’83 nos volvieron a agarrar, pero fue más violento porque los canas se bajaron de un Falcon blanco. Otra vez, tuvimos un encontronazo con los de Luz y Fuerza porque colgamos unos pasacalles frente al hotel del sindicato, en Callao y Quintana, y nos lo quemaron.

¿Qué recuerda de aquellos años de auge de Alfonsín?
Era impresionante. Milité mucho para Alfonsín, pero nunca fui un alfonsinista. De hecho, cuando la Coordinadora tomaba fuerza, con unos amigos fundamos la Juventud Radical Que no baja las banderas, que fue lo único que se opuso por izquierda a la Coordinadora; perdíamos como locos. La conducción éramos Pablo Batalla, Hernán Lombardi, Daniel Marcos y yo. Toda la vivencia con Alfonsín fue muy fuerte. Lo que viví en las mesas que poníamos en la calle era que pesaba mucho el carisma de Alfonsín, pero mucho también la figura de Illia… era una cosa infernal como afiliábamos.

¿Desde qué lugar vivió el gobierno de Alfonsín? ¿Desde la militancia o en algún cargo?
Desde la militancia. El primer año muy de acuerdo con su gobierno y abriéndome de a poco. El Punto Final y la Obediencia Debida fue una de las cuestiones, pero nuestras discrepancias empezaron lo de la economía de guerra. Nosotros bancábamos mucho a Bernardo Grinspun y él ahí pegó un giro.

¿Cómo vivió el final de la gestión de Alfonsín y los años de Menem en los que el radicalismo estuvo devaluado?
Yo seguí en el radicalismo, pero muy enfrentado… el Pacto de Olivos fue lo más grave para mí.

¿Tiene hoy la misma postura que entonces con respecto al Pacto de Olivos?
Sí, sí. Fue un gran error porque mató el juego democrático que en ese momento era bipartidista y que tiende a reconstruirse en las síntesis. El Pacto de Olivos le quita a la política la síntesis que la gente aceptaba contraria al gobierno de Menem, la desacredita, mata la herramienta que tenía la gente para contraponerse al oficialismo.

¿Cree que el radicalismo reanalizó lo suficiente ese paso que dio?
Creo que el Pacto de Olivos fue impulsado por un líder carismático cuya ascendencia justificó en mucha gente cosas que racionalmente no haría y entonces no logra procesarse del todo. Alfonsín pasa de decir “no pasarán” en la famosa reunión en Hurlingham a arreglar la reelección con Menem.

¿Por qué cree que lo hizo?
Porque creo que es uno de los defectos propios de los líderes carismáticos, que necesitan probar permanentemente que son los dueños permanentes de la torta de un lado o del otro; si no sentía que perdía poder.

Era egoísta, entonces.
Sí, pero para no quitarle, con todo hay que decir que Alfonsín tenía límites y se le vieron a lo largo de su gobierno. La misma línea que explica el Punto Final, la Obediencia Debida, la economía de guerra, el cierre con los industriales, que podría resumirse en que como no podemos con ellos hay que garantizar la transición democrática, es la que hace que en su pensamiento político promueva también el Pacto de Olivos. Alfonsín es el último presidente argentino intelectualmente honesto. O sea, es lo que dice ser y hace lo que cree que tiene que hacerse. Que tiñe esto con algo de bronce, puede ser, pero hay que reconocerle su honestidad intelectual.

O sea que finalmente se reconcilió con Alfonsín.
Sí, obviamente, y la reconciliación tiene que ver con esto último que dije; por eso firmé también que se lo declarara como ciudadano ilustre. A la Argentina Alfonsín le hizo un aporte desde ese lugar, desde el lugar de sus creencias y sus convicciones. Para mí Menem no tenía ninguna, De la Rúa tenía muy confundida la historia y Kirchner es una máquina de hacer caja y nos engaña todo el tiempo con los derechos humanos. Mi enojo final con Alfonsín fue que se perdió una oportunidad histórica de construir el lado democrático por lo cual Menem fue una consecuencia casi obvia.

¿Lo asquea la política en algún momento?
Sí, pero no me asquea la política, sino lo que la llena.

¿Y en esos momentos en que lo asquea qué lo hace seguir adelante?
Supongo que me empuja siempre el hecho de querer cambiar las cosas. Hay un mito acerca de si el político quiere ser por ser o porque quiere cambiar las cosas. Siempre uno quiere ser porque en definitiva cree que nadie lo haría como uno, pero hay quienes en la política no quieren cambiar las cosas. Me acuerdo cuando empecé a militar en política que mi vieja me cuestionó y le dije que no quería que mis hijos, después tuve dos hijas, heredaran lo Argentina que ella me había dado.

¿Qué le dijo su mamá?
Se quedó como diciendo tenés razón. Me acuerdo, porque después me lo contó él, que un día se lo cruzó a Rafael Bielsa y le dijo que tenía miedo que sus hijos, por mi hermana también, me reclamen no haber hecho nada en la dictadura.

¿Tiene una hermana nada más?
Tenía dos medio hermanos y tengo una hermana. Los dos medio hermanos murieron, eran del primer matrimonio de mi papá. Mi viejo también murió y quedamos mi hermana, mi vieja y yo.

¿A su hermana no se le dio por la política?
Es jueza civil. Se le dio por la carrera judicial. Entró a los 18 años y dijo un día voy a ser jueza civil.

¿Tiene dos hijas de qué edad?
Tienen 19 y 16.

¿Ellas militan?
No. Las dos van al Nacional Buenos Aires. La mayor fue delegada de curso, pero después no quiso saber más nada; se enojó con el centro de estudiantes. De todos modos, mis hijas hablan de política y a veces me pelean y discuten conceptos del radicalismo.

¿En su casa se discute mucho de política?
Cada tanto. Yo discuto también de política con mi mujer.

¿También se dedica a la política?
No, no. Ha militado por mí, pero no. Mi suegro estaba en política; fue presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires durante el segundo gobierno de Perón y también fue jefe de asesores de Sadosky durante el gobierno de Alfonsín.

¿Y cómo se lleva ella con su actividad política?
Hubo tiempos duros porque en el radicalismo, además, la política te consume tiempos absurdos, por eso el chiste aquel de que el gobierno es un intermedio entre dos internas. A mí no me satisface esa lógica y lo hacía porque tenía que estar; sentía que cinco plenarios hasta las cinco de la mañana para decidir quién era el presidente de la Juventud Radical en Buenos Aires era de idiotas. Eso me quitó tiempo para mi familia y fue sin sentido. Cuando se produce la crisis de 2001, que yo era director nacional de Mediación, que es mi otra pasión, que yo ejerzo y soy presidente de la Unión de Mediadores Prejudiciales, me abro de la militancia partidaria; cerré el comité y me dediqué a trabajar exclusivamente lo vecinal. Ahí empecé a ordenar más mis horarios para estar en casa. Volví a la gestión en el segundo gobierno de Ibarra y renuncié cuando Enrique Olivera, a quien le tengo un afecto especial, se lanzó a hacer política de nuevo. Con Olivera compartí mucho de lo que fue la historia de la primera camada de CGP. Fui el primer director del CGP 2 Norte.

¿Y siendo legislador puede mantener ese orden en los horarios?
Sí, sí. Me ayudaron también las chicas. Un ordenador fue cuando entraron a la primaria, que empecé a llevarlas yo. A pesar de que hoy la mayor va a la universidad y la menor va turno noche al Nacional, me ordené y a las seis y media de la mañana ya estoy despierto.

¿Es una persona ordenada?
No, soy más bien desordenado. Tengo armadas algunas rutinas, pero nada más. Reivindico mucho mi libertad porque es lo único que me permite pensar y actuar en modo diferente.

¿Cuál diría que es su mayor virtud?
No lo diría de mí.

También podríamos hablar de su principal debilidad.
Creo que mi mayor fortaleza es la libertad de pensamiento. Así como hago mucha política, me desengancho mucho de la política. Todos los miércoles me junto con la unión de mediadores y hablamos de mediación.

¿Con qué otra cosa se desconecta de la política?
Con mi fanatismo por los autos o arreglando cosas. Siempre arreglo cosas en mi casa y hago cosas que a esta altura mi mujer me dice que paguemos porque por ahí me llevan varias horas.

¿De dónde le viene eso de arreglar cosas?
De chico creí que iba a ser ingeniero y en el colegio elegí cursar física y química en inglés. No me gustó para nada, no entendía nada y fui abandonando la idea de que iba a ser ingeniero, pero sigo arreglando cosas. En algún sentido me oxigena, me pone en otro lugar.

¿Deportes?
No. Lo único que hago es sábado y domingo salir a caminar temprano por Parque Centenario. Andaba en bicicleta, pero dejé, y fútbol hace años que no juego.

¿De qué equipo es hincha?
De Boca.

¿Es cinéfilo?
Mucho, veo muchas películas. Lo que me gusta, también con los libros, es lo que me conecta con las historias.

¿Vacaciones tranquilas o frenéticas?
Estoy muy mal de la cabeza. Me alquilé un motorhome y me voy en unos días hasta Ushuaia.

¿Con su mujer y sus dos hijas también?
Sí, lo único que no puedo llevar son los animales porque está prohibido.

¿Qué animales tiene?
Un perro y un loro.

¿Un loro?
Un personaje, el loro. Al que más quiere es a mí y yo lo adoro; vive en mi hombro.

¿Y el perro?
Un ovejero alemán de un año, buenísimo; antes tenía una dálmata que con los demás era más mala que las arañas.

¿Y el ovejero se lleva bien con el loro?
Sí, juegan. En Youtube tengo colgado un video, para verlo hay que poner Ron y Coco, y van a ver un combate de picotazos.

¿Usted conversa con el loro?
Sí, es temperamental. Ve algo que le gusta y se tira para sacártelo y desarmarlo. Como anda libre, tengo que estar corriendo siempre detrás de él; un día me rompió las llaves del auto.

¿Siempre vacaciones del estilo de las de este año?
No, normalmente vacacionamos en el único lugar que yo considero que descanso, que es el campo. Mi suegro tiene campo en Córdoba y ahí no pasa nada con lo cual descanso. Además, en los últimos años, por congresos u otras cosas, he viajado y no ando buscando viajar en vacaciones.

¿Y la costa?
De chico iba siempre y me pasaba tres meses porque teníamos casa en Los Troncos no me va porque siento que es Florida con mar.

Contaba del video en Youtube, ¿es de andar todo el día conectado?
No soy de colgar cosas en Youtube, pero sí estoy conectado todo el tiempo y chateo con amigos. Otro de mis hobbies es que soy fanático de las cosas electrónicas.
 

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