ARRIBA En la adolescencia dudé del peronismo

Entrevista al Diputado Juan Manuel Olmos

Juan Manuel Olmos, forma parte del recambio dirigencial de la Argentina, por formación y por edad. El actual vicepresidente segundo de la Legislatura porteña se mueve cómodo en un espacio que conoce bien, el peronismo metropolitano que siempre da dolores de cabeza, antes que satisfacciones.
Olmos es serio, escucha bien antes de responder, pero la solemnidad no es lo suyo. Tiene un despacho amplio, decorado con obras de arte argentinas y un cuadro con la célebre estampilla de Evita. Recuerda que en su casa de la infancia “Hasta el perro era peronista”.



¿Qué siente que cambió en su forma de ver la política desde que empezó a militar hasta ahora?

Obviamente, la relativización de la verdad. Cuando empecé era mucho más esquemático y cerrado que ahora; con una lógica que había amigos y enemigos, de que la política era mucho más de batalla que de consenso. Con el correr de los años, uno empieza a ver que hay diferentes formas de buscar el bien común; uno se da cuenta que es mucho más fácil dialogar y tratar de alcanzar consensos que confrontar. Cambié eso como visión general.

¿A qué atribuye ese cambio? ¿Es que naturalmente con el paso de los años uno va dejando de lado sus ideales y se asimila al sistema?
No, diría que hoy soy más crítico al sistema de lo que era hace años en lo que refiere a las reglas establecidas que no se pueden cambiar. Por el contrario, hoy creo más que antes que hay reglas que sí se pueden cambiar, creo que se puede tener espíritu crítico y no por eso traicionar ningún ideal.

Pero sí hay una épica que se pierde hasta por una cuestión de maduración propia de la edad.
Sí, la épica de que hay que ganar y demostrarle al otro que lo derrotaste; esa cosa de competencia de la política no la veo hoy como herramienta válida. Vengo de una generación política que tuvo deformaciones y no formación. Yo no fui a ninguna escuela de formación política, mi formación fue familiar; dentro de los grupos de militancia en los que uno actuaba no había una cuestión de compromiso ideológico muy fuerte, sino pertenencias de grupo.

¿A qué edad empezó a militar?
A los 16 años en el centro de estudiantes del colegio.

¿Adónde iba?
Al Nacional 17, en Caballito, Primera Junta. Cuando uno va a la secundaria empieza a cambiar el espectro de lo que piensa; uno empieza a comprometerse con el otro, a tener las dificultades propias de la adolescencia de tener, por ejemplo, un amigo que empieza a consumir drogas. Tenés un grupo muy fuerte y no todos están en la misma lógica social y lo primero que uno trata de hacer es contener a sus amigos. Ya en mi época teníamos muchas compañeras que en tercer o cuarto año quedaban embarazadas y se hacían abortos. Filosóficamente el aborto no es para mí una solución, sino un drama, pero ahí uno empieza a chocar con sus convicciones.

Pero estaba ya entonces involucrado con la realidad.
Sí, bien de una clase media que empezaba a desideologizarse, a consumir, a no comprometerse con el otro…

¿De qué época está hablando?
Yo empecé el Ciclo Básico Común en el ’91, así que terminé el secundario en el ’90. Se empezaban a caer todos los paradigmas y empezaba a imponerse toda la corriente de que se terminaban las ideologías y que el mundo era así y nadie podía modificarlo. Eso era muy fuerte para mí porque yo nací peronista, mis abuelos y mis padres eran peronistas, hasta el perro era peronista, y yo tenía un condicionamiento. En la adolescencia justamente fue en el único momento que dudé del peronismo; iba a un colegio muy de clase media que venía de ser radical y el fracaso del alfonsinismo hacía que hasta hubiera cuestionamientos al propio radicalismo. Me acuerdo que quería militar en el Partido Justicialista y la primera cosa fuerte del menemismo fueron los indultos. Me acuerdo que toda mi militancia en el colegio pasaba por ir a las marchas en contra de la Obediencia Debida, pasar en el colegio La Noche de los Lápices. Lo que más me impactó fue ir a la plaza contra el indulto y ver que no había más de 70 mil personas porque pensé que con la historia de luchas y desaparecidos iba a estar todo el peronismo.

¿Se replanteó entonces su condición de peronista?
No. Lo que me impactó fue que el conjunto abandonaba esa lucha y ese paradigma muy fuerte que había tenido con Alfonsín y el juicio a las Juntas; como que la sociedad había cerrado la persiana porque si no Menem hubiera tenido una resistencia popular y no la tuvo. La sociedad argentina, y sobre todo la porteña, demostró una vez más que sus intereses habían cambiado. Siempre me asombró cómo la sociedad argentina muta de una posición a otra. Si uno analiza la historia argentina, cuando empieza el radicalismo a defender los intereses de la clase media y después el peronismo a defender la clase trabajadora, ese choque de intereses provocó dos Argentinas, que desde el ’45 fueron la peronista y la antiperonista. Así se signó la vida de este país hasta el ’76 porque el golpe fue tan feroz que a partir de ese momento la sociedad se transformó: a partir de ahí la mayoría de la sociedad y los medios empezaron a ir hacia el lado de la corriente.

¿El conflicto entre el Gobierno y el campo no trajo de vuelta el componente antiperonista?
No, creo que la gente va para donde la corriente mayoritaria la lleva. No creo que haya antiperonismo e incluso creo que en 2011 también habrá un gobierno peronista. Sí hay una irritación frente a un estilo, a una forma de gobierno. En los primeros cuatro años del kirchnerismo hubo hasta, si se quiere, un ocultamiento del peronismo y ahora no lo hay. Me acuerdo que en 2005, en el acto de lanzamiento de la campaña empiezan a cantar la Marcha Peronista y Néstor Kirchner cruzó los brazos ostensiblemente y no la cantó. Había una creencia de que en la Ciudad de Buenos Aires el peronismo restaba votos o no dejaba sumar otros sectores para fortalecer la base de sustentación peronista. A la gente no le molesta la marcha, sino otras cosas, como la exacerbación o que se agarren a palazos en cada acto; hay boliches donde pasan la Marcha Peronista en tono de marcha, eso no molesta.

¿Cómo era la historia de su abuelo peronista?
Del lado de la familia de mi mamá eran todos inmigrantes italianos y obviamente en el ’45 se hicieron todos peronistas. En la familia de mi papá no eran inmigrantes, pero sí trabajadores y también se hicieron peronistas en el ’45. Mi abuela era muy básica, no tenía maldad y era fanática de su familia, de Boca, de Gardel y de Perón. Todos los 17 de octubre colgaba la bandera argentina en su ventana, pero en el ’55 un vecino la denunció porque había un decreto que prohibía hacer alegoría del “Tirano prófugo” y vinieron a sacarle la bandera. “Yo no hice nada, soy peronista”, les dijo; tenía ese compromiso, no era militante. Mi papá sí fue dirigente gremial.

¿Dónde?
En el gremio bancario. Trabajaba en el Banco Ciudad y fue delegado gremial. Yo nací el 14 de marzo de 1973, tres días después de que se votara a Cámpora-Solano Lima; mi mamá fue embarazada de mí a votarlos. Esa cosa familiar siempre estuvo muy presente.

¿Por su edad de la dictadura casi no debe tener recuerdos?
Me acuerdo de la dictadura en blanco y negro porque veía a Videla en la televisión. En mi familia se hablaba de las cosas que estaban pasando, pero yo me acuerdo así. Mi abuela siempre les decía a todos “tu presidente”, como para marcar que no era el de ella. En el ’83 yo tenía diez años; me acuerdo del Mundial y mucho de Malvinas. Me acuerdo que mi papá en el ’78 decía “festejen que están matando un montón de gente”; del ’82 también recuerdo que parte de la familia estaba entusiasmada con recuperar Malvinas y que papá le decía a mi abuelo que era para tapar todo. También me acuerdo del programa de 24 horas por Malvinas que condujo Pinky porque mi abuela se sacó un cintillo que le había regalado mi abuelo, que era la única joya que había en la familia, y lo puso en la urna.

¿En base a qué eligió su carrera?
Siempre fui a la escuela pública. Arranqué, en Mataderos, por el jardín de la Biblioteca José Enrique Rodó y después el primario lo hice en la Escuela 7 del Distrito Escolar 20, Aristóbulo del Valle, que quedaba a cuatro cuadras de casa. La secundaria la hice en Caballito porque, en ese momento había examen de ingreso y como mi hermano mayor tenía dificultades para el estudio, buscaron un colegio con un programa experimental que no tenía ingreso; entró él, entró mi segundo hermano, después yo y por último mi hermana; al final fuimos los cuatro hermanos. Mi hermano más grande no lo terminó, Pablo que es el que le sigue a José sí, y yo también. Siempre me interesó la política, pero dudaba entre hacer Ciencia Política o Abogacía. Empecé a estudiar Derecho e hice tres años, pero lo mío era más militancia que estudio. Hace dos años retomé la carrera y ahora me faltan sólo cinco materias; estoy en la recta final.

¿Le ha dejado amigos verdaderos la política?
Sí y me ha dejado la cosa más importante, que es mi mujer, mi familia.

¿Cómo fue ese romance?
Militábamos juntos en el ’93 y armamos una lista de la Juventud Peronista en contra de la oficial, que en ese momento era la del FUP del senador Eduardo Vaca; la lista la encabezó mi mujer que venía de militar en el peronismo de izquierda. Por supuesto perdimos, pero nos hicimos muy amigos y cuando esa relación se convirtió en un amor platónico directamente empezamos a convivir, no tuvimos tiempo de novios. Ella tenía su primer departamento chiquito, en San Telmo; empezamos a salir y a los dos días yo ya estaba instalado en el departamento.

O sea que no tuvieron esa cosa posmoderna de conocerse y demás.
Es que ya veníamos conociéndonos porque estábamos todo el día juntos por cuestiones de militancia. Hace trece años que estamos juntos y tenemos dos hijos; uno de nueve años, Francisco, y una nena, Rosario, que va a cumplir dos años en agosto.

¿Los amigos son peronistas o también de otras fuerzas?
Tengo amigos peronistas, obviamente, y otros que se fueron con Macri. Puedo decir que tengo una relación de amistad y la quiero muchísimo a Gabriela Michetti y la verdad que nunca militamos juntos. También tengo amigos radicales. Los amigos pueden venir del mismo espacio de militancia o de otro. En la política se pueden hacer amigos si uno es claro y tiene códigos, no me refiero a los de la vieja política, sino a no traicionarse en cuanto a lo que uno piensa y ser claro en eso; del escondedor, del que no define las cosas, no soy amigo. Mis amigos son los tipos con los que la paso bien, con los que me divierto.

¿Usted es un tipo divertido?
Sí, absolutamente; tengo sentido del humor.

¿Qué fortalezas y debilidades tiene?
Una fortaleza mía es que tengo mucha capacidad de trabajo, aunque ahora mis hijos han hecho que el trabajo no sea una adicción. Otra cosa interesante es que tengo mucha visión táctica y facilidad para llegar a consensos porque puedo ponerme en el lugar del otro. Mi principal debilidad es que soy muy desordenado y otra que soy ciclotímico. Admiro y envidio sanamente a la gente ordenada y metódica; cuanta agenda armo, yo mismo también la desarmo.

¿Qué referentes históricos tiene?
Viniendo del peronismo, para mí Perón, obviamente, es un referente indiscutible. No le pongo una ideologización a la acción política de Evita; para mí Evita fue y acompañó el mismo proyecto de Perón. Hay gente que separa a Perón de Evita; para mí fueron componentes de un mismo esquema político y Evita pudo transformar su sufrimiento y exclusión en energía y capacidad de transformar la realidad. Perón era la estrategia, la táctica, la capacidad de construcción política, mientras que Evita, para mí, está casi en un plano espiritual. Admiro la obra de gobierno de Perón, que incorporó dentro de un esquema de país al 60 por ciento de los argentinos que estaban excluidos. También admiro los 17 años de exilio de Perón, cómo a la distancia siguió siendo eje de la Argentina.

¿Fuera de Perón y Evita, a quién admira?
Intelectualmente, a Arturo Jauretche porque fue uno de los pensadores más importantes que tuvo la Argentina. Históricamente, San Martín me parece una figura importantísima para la fundación de la Argentina. Él se formó militarmente en Murcia, en España, y sin embargo entendió que el continente debía tener su propio futuro y no depender de los españoles como colonia. También admiro, aunque no comparta su ideología, a algunos personajes históricos de la Argentina que me parecen muy interesantes. Sarmiento me parece un hombre de una cabeza y de una capacidad fenomenal… toda esa generación siguió la estrategia de Bartolomé Mitre, que guste o no tenía un proyecto de país.

¿Le fastidia la ausencia de clase dirigente que hay hoy en la Argentina?
El peor defecto que tiene la Argentina es, sin duda, la clase dirigente y me incluyo. Eso que se dice de acordar políticas de largo plazo, políticas de Estado, es un cliché de cuentistas políticos, pero lo cierto es que nadie atenta contra sus propios intereses en los países. En todos los países las dirigencias, por lo general, cometen errores, pero no se ponen de acuerdo para que cada uno defienda tanto su interés particular que destruya el común. El gran defecto que tiene la Argentina es que cada uno mira tanto sus intereses particulares que nadie vela por el interés argentino.

¿Cuándo comenzó a bajar la calidad de la dirigencia argentina?
No sé, yo creo que el punto fue el golpe de Estado del ’76 con la destrucción de personas que hoy tendrían que tener entre 50 y 60 años, muy inteligentes, cuadros políticos, que hasta si se quiere estaban equivocados en la lucha armada. Se destruyeron por lo menos dos mil cuadros que deberían estar hoy entre los partidos y la burocracia del Estado.

¿Qué responsabilidades le atribuye a los medios de comunicación en esta situación?
Una cosa es el periodista, como profesional, y otra la empresa periodística. Lo mismo que una cosa son los políticos de carne y hueso y otra la corporación de los intereses que se desatan a través de la política. Los medios hoy tienen una responsabilidad muy grande en todo lo que tiene que ver con el quehacer de la vida nacional. No hay libertad de prensa, sino libertad de empresa. Hay muchos periodistas que dicen lo que piensan, pero hay otros que siguen la política del medio porque también es cierto que tienen que laburar y que comer o porque quieren hacer carrera.

¿No le parece que tampoco hay cuadros con formación periodística?
Se ha bajado el umbral de todo, en general. Hay un descenso importante y también muchos que tienen mucha capacidad se dedican también a cuestiones individuales; hay falta de compromisos colectivos. El periodismo tiene una responsabilidad muy grande, pero también hay falta de comprensión en el mundo en que vivimos: el periodismo es lo que es y quejarse porque se prepara un cacerolazo vía Internet o mensaje de textos no tiene sentido. Eso es lo que hay hoy, antes se hacía vía Radio Colonia.

¿Está pendiente de la tecnología?
No mucho, no soy como otros.

¿Los diarios los lee en papel o por Internet?
En general, de las dos formas.

¿Qué libros estuvo leyendo en este último tiempo?
Dos manuales de Derecho porque los exámenes de la carrera no me dejan tiempo para otra cosa.

¿Y cuando tiene tiempo, qué escritores prefiere?
Me gustan Isabel Allende, García Márquez; me gusta mucho el realismo mágico.

¿Qué clase de música escucha?
No, soy un desastre. Escucho todo lo que me suena común al oído.

¿En el auto: música o noticias?
Antes escuchaba mucha radio, pero ahora que uso el auto los fines de semana para viajes largos con mis hijos siempre me condicionan ellos. Sí puedo decir que soy fanático de Mercedes Sosa y que me gusta el tango; me gusta Adriana Varela y tiempo atrás descubrí un disco de Susana Rinaldi, de quien debo admitir que personalmente me produce cierto rechazo pero que me magnetizó con su forma de cantar, actúa el tango.

¿Cuál fue la última película que vio en el cine?
Uy, al cine… con el cable…

¿No alquila tampoco?
No, tampoco. El DVD lo copó mi hijo y se quedó con el monopolio del aparato. Veo por cable, pero en general me quedo dormido. Además, como con la música, veo todo repetido. Mi película preferida es Esperando la carroza.


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23 dejulio de 2008
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